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No habían caído las hojas esa mañana. No hacía viento, por lo que se notaba una sensación de frescor bastante agradable andando por la acera que el sol hacía casi amarilla. Al otro lado se podían ver las fachadas aún en la sombra. Las ventanas descansaban entre las paredes de color púrpura. Esa sensación de contrastes era perfecta. Al señor de los calcetines morados estas cosas le hacían sonreír. Pero no sonreía ahora tan a menudo.

Otra cosa que le gustaba era sentarse un ra
to a tomar un café. Veía pasar a los que temprano cruzaban por allí y bajaban por la boca del metro al otro lado de la calle. También se fijaba en las conversaciones de los clientes de la misma terraza, cerca de su mesa, y observaba detenidamente cada palabra e incluso a veces anotaba algunos fragmentos. Ponía mucha atención.

Hacía meses que el señor de los calcetines morados seguía andando cada mañana, olvidando que llegaba la hora de comer y seguía paseando. A veces, cuando cruzaba el parque se detenía un rato a observar a los patos. Le gustaba creer que sabía distinguirlos. A su mujer le habría encantado oírle explicar qué les hacía diferentes.
Cada día recordaba que juntos salían a la calle por la mañana de la mano y no se soltaban hasta llegar a casa. Ahora ella no está en esos paseos.

Juntos se fijarían en los contrastes de los colores de la calle, del cielo, las nubes, las montañas de hojas que se forman en otoño, e incluso depararían unos segundos en comentar las palabras que la gente utiliza cuando intercambian opiniones. La echa de menos.

Ahora se acuerda, mientras pasea por las calles, en silencio. Se acuerda de las veces que se enfadaron sin motivo. Le gustaría poderlo cambiar. Lo lamenta tanto.

Por eso intenta que cada día sea un día perfecto, un día en el que podrían haberlo pasado genial de la mano e intenta sacar el máximo partido a sus paseos, para que cuando llegue a casa poderle contar a su mujer todo lo que ha visto y todo lo que a ella le hubiera llamado la atención. A él le encanta contarle de la gente y de los patos. Aunque ella nunca contesta.
Ella sonríe.

Max Saladrigas — cada día uno

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